¿Qué ha sido eso? se pregunta así misma. Está en su casa, a oscuras, en el pasillo con no más luz que la que entra por las ventanas de la calle. Y aun así está aterrada. El pasillo le parece más estrecho, y cada vez que pasa al lado de una puerta sus ojos se mueven inconscientemente hacia la luz tremebunda de la ventana, pensando que ha visto una silueta humana. Pero no, no hay nada. Su pánico aumenta y apremia su paso para entrar cuanto antes en su habitación, meterse en la cama y cubrirse con sus mantas de acero. Sin embargo, su paranoia crece y hace que el pasillo, que sólo consta de algunos metros, se vuelva interminable, y que tras cada rincón oscuro, aceche algún ser peligroso. Vuelve a pasar al lado de una puerta, esta vez entreabierta. Algo parece estar observándola desde la rendija, algo peligroso. Un ojo brilla en su perversa mente. Se acentúa el pánico. Quiere llegar ya, pero no puede. Sabe que sus pies se mueven, pero no llega a su destino.
Por fin alcanza la puerta de su habitación. Ha ido todo el pasillo con los brazos extendidos como si así pudiese ensanchar más las paredes y lo mismo hace con los quicios de la puerta y ahora que ha llegado hasta allí, le da miedo pasar. ¿Y si me está esperando dentro? ¿Y si cuando pase la puerta me atrapa y me devora? Pero tampoco puede quedarse ahí, porque siente algo detrás suya, algo que la acecha. Se siente inmune, está en una encrucijada donde el dar un paso adelante o atrás, le provoca el mismo terror. Sin embargo da el paso adelante, no puede pegarse a la pared del pasillo y estar ahí toda la noche, necesita el calor de su cama, el peso de sus sábanas. Sigue con las manos en las paredes, el tacto rugoso del gotelé hace que aquello no parezca tan terrorífico y mórbido. La casa sigue sumida en un absoluto silencio. La luz que entra por la ventana parece más amarillenta, más terrorífica, más enfermiza. Se separa de la pared y corre hacia su cama, con la esperanza de que aquello que la observa y aguarda no salga a correr al mismo tiempo que ella y la atrape antes de poder meterse tras la esperanzadora coraza de algodón. Pero nada ni nadie la ataca. No obstante ella sabe que algo sigue ahí, tras el cristal de la ventana de su balcón. Puede sentir la silueta negra, los ojos amarillos y febriles clavados en el bulto que su cuerpo hace debajo de las sábanas. Sigue muerta de miedo, de terror, de pánico. Algo le dice que su cazador ha entrado en su habitación y se acerca a ella. Cierra los ojos y espera, con el corazón en un puño, no sentir unos colmillos clavados en su cuello antes de quedarse dormida.
2 de abril de 2012
1 de abril de 2012
Aun sin haberlo encontrado todavía
¿Qué pasa si ya no puedo más?
La pregunta le vino de golpe a Annie, como una revelación. Se dio cuenta, de repente, de lo que pasaba en realidad; de lo que le pasaba en realidad: todavía tenía ganas de vivir mil y una aventuras.
Porque ¿qué pasa cuando no se pueden tener más aventuras porque has encontrado al amor de tu vida, porque lo has encontrado?
Ya lo ha visto en muchas personas, y ella no quiere ser así, no quería ser así. Por eso nunca se ataba. Y ahora, que está sola en su habitación, lo comprende; comprende que siempre ha tenido esas ganas de experimentar, de tener descaro, desparpajo, la posibilidad de poder cambiar de personalidad, de ropa, de estilo, cuando quisiese, de irse sin ninguna repercusión... no quiere oír un has cambiado o un ya no eres la misma; no quiere tener que despedirse de nadie, de llorar por nadie. Cosas que ya ha hecho y no quiere volver a vividlas.
Annie piensa en su amiga Juliet, ¿cómo lo hará ella? A Annie le da miedo que si encontrase al amor de su vida y ella se diese cuenta, ya no pudiese irse de ese pueblucho en el que está, de no probar cosas nuevas. Lo peor de todo sería despedirse. ¿Cómo te despides del definitivo? ¿Qué le dices?: ¿me esperarás?, ¿relación a distancia?, ¿seguiremos en contacto? ¿simplemente adiós?
A mucha gente puede parecerle una tontería; de hecho, Annie sabe que a Jul eso le parece una tontería. Pero eso es porque Annie sabe que a Jul le da igual quedarse donde lleva viviendo toda su vida, que le da igual no probar cosas nuevas, porque le da igual... todo. A Jul no le importaría hacer todas esas cosas en compañía de una sola persona, mientras sea capaz de irse de casa de sus padres. Con eso ella es feliz.
Annie no. Lo sabía. Lo sabía desde hoy.
Annie tenía miedo de dejar escapar lo que mucha gente busca a lo largo de su vida.
La pregunta le vino de golpe a Annie, como una revelación. Se dio cuenta, de repente, de lo que pasaba en realidad; de lo que le pasaba en realidad: todavía tenía ganas de vivir mil y una aventuras.
Porque ¿qué pasa cuando no se pueden tener más aventuras porque has encontrado al amor de tu vida, porque lo has encontrado?
Annie piensa en su amiga Juliet, ¿cómo lo hará ella? A Annie le da miedo que si encontrase al amor de su vida y ella se diese cuenta, ya no pudiese irse de ese pueblucho en el que está, de no probar cosas nuevas. Lo peor de todo sería despedirse. ¿Cómo te despides del definitivo? ¿Qué le dices?: ¿me esperarás?, ¿relación a distancia?, ¿seguiremos en contacto? ¿simplemente adiós?
A mucha gente puede parecerle una tontería; de hecho, Annie sabe que a Jul eso le parece una tontería. Pero eso es porque Annie sabe que a Jul le da igual quedarse donde lleva viviendo toda su vida, que le da igual no probar cosas nuevas, porque le da igual... todo. A Jul no le importaría hacer todas esas cosas en compañía de una sola persona, mientras sea capaz de irse de casa de sus padres. Con eso ella es feliz.
Annie no. Lo sabía. Lo sabía desde hoy.
Annie tenía miedo de dejar escapar lo que mucha gente busca a lo largo de su vida.
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La que mató al gato
a las
15:54
30 de marzo de 2012
Even if there is no way.
El humo se escapaba de la boca de la taza mientras ella divagaba en el sofá, con la cabeza boca abajo y el pelo rozando el suelo. En realidad no estaba pensando en nada, tenía la mente totalmente despejada, en blanco, ni siquiera sentía nada. Quizás era a eso a lo que le daba vueltas: no sabía cómo se sentía. ¿Se puede no sentir nada? Pero incluso en esa situación, ya sientes algo.
Una idea la manchó de lleno: ¿y si uno se sentía así cuando acaba de liberar a un roedor? Ella los llamaba así, le parecía gracioso (no era una chica corriente, nada normal). Para ella los roedores habitaban en su cuerpo, no sólo en su cabeza, y eran bichitos (les llamaba también) parecidos a ratones de campo, que correteaban de arriba abajo juguetones, cuando estaba feliz; comiendo, cuando sentía hambre; durmiendo, cuando tenía sueño; peleándose entre ellos, cuando estaba enfadada... Cada función o sentimiento tenía su bichito, incluso en cada uno podía haber más de un bichito por ahí deambulando.
Ella estaba pensando en un roedor del pasado; pensaba que por fin había sido capaz de liberarlo. El problema estaba en que no sabía qué hacer ahora con esa jaula que quedaba vacía. ¿Tenía que buscar otro roedor? ¿o simplemente esperar a que otro cayese en la trampa y quedase atrapado sin tener que hacer esfuerzo alguno?
No obtuvo respuesta hasta que pasado un tiempo se dio cuenta de que había dejado esas cuestiones a parte, y cuando volvió a sentarse en el sofá, con una taza de té humeante, se acordó de ello, y también de que ya tenía la solución. La simpleza de tal respuesta la llenó por completo, y descubrió, que, con el tiempo, todo vuelve a su lugar, que las cosas no desaparecen, sino que se transforman:
Su pequeño bichito no se había ido, se había convertido en un recuerdo, en la esencia de aquel momento pasado en el que había habitado durante meses.
Una idea la manchó de lleno: ¿y si uno se sentía así cuando acaba de liberar a un roedor? Ella los llamaba así, le parecía gracioso (no era una chica corriente, nada normal). Para ella los roedores habitaban en su cuerpo, no sólo en su cabeza, y eran bichitos (les llamaba también) parecidos a ratones de campo, que correteaban de arriba abajo juguetones, cuando estaba feliz; comiendo, cuando sentía hambre; durmiendo, cuando tenía sueño; peleándose entre ellos, cuando estaba enfadada... Cada función o sentimiento tenía su bichito, incluso en cada uno podía haber más de un bichito por ahí deambulando.
Ella estaba pensando en un roedor del pasado; pensaba que por fin había sido capaz de liberarlo. El problema estaba en que no sabía qué hacer ahora con esa jaula que quedaba vacía. ¿Tenía que buscar otro roedor? ¿o simplemente esperar a que otro cayese en la trampa y quedase atrapado sin tener que hacer esfuerzo alguno?
No obtuvo respuesta hasta que pasado un tiempo se dio cuenta de que había dejado esas cuestiones a parte, y cuando volvió a sentarse en el sofá, con una taza de té humeante, se acordó de ello, y también de que ya tenía la solución. La simpleza de tal respuesta la llenó por completo, y descubrió, que, con el tiempo, todo vuelve a su lugar, que las cosas no desaparecen, sino que se transforman:
Su pequeño bichito no se había ido, se había convertido en un recuerdo, en la esencia de aquel momento pasado en el que había habitado durante meses.
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La que mató al gato
a las
13:50
Todo el mundo a su rollo
Estoy esperando mi turno para entrar en la consulta del médico.
La madre del niño al lado del que me he sentado le dice que se siente a su lado. Creo que no le caigo bien. faltan dos turnos por pasar delante mía y ya me estoy muriendo de aburrimiento y de sueño... ¿en qué momento decidí no coger un libro? Llega una mujer nueva, una anciana, mejor dicho, y se sienta en la esquina más alejada de la sala. Hay otra pareja madre-hija, ambas absortas en las pantallas iluminada de sus móviles de última generación, una escena bastante triste. Súbitamente la anciana se levanta, se acerca a la pareja madre-hija con un andar lento y acompasado, como en trance. Se para delante de ellas. Repentina y rápidamente la anciana ataca a la madre: se abalanza sobre su cuello y le muerde, arrancándole la piel, rompiéndole tendones, músculos y venas. La hija grita, pero la anciana la silencia con un manotazo que manda su cabeza directamente contra la pared, dejándola inconsciente.
La anciana se incorpora, tiene toda la boca y el pecho manchados de sangre. Un rastrojo del cuello de la madre le cuelga del escote del camisón.
Nadie dice nada, nadie hace nada. Todo el mundo sigue a su rollo.
La anciana se incorpora, tiene toda la boca y el pecho manchados de sangre. Un rastrojo del cuello de la madre le cuelga del escote del camisón.
Nadie dice nada, nadie hace nada. Todo el mundo sigue a su rollo.
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La que mató al gato
a las
13:25
"Estás sola" le dijo en voz alta y sin ningún reparo. Y ahora que está sola y piensa en ello, le acongoja la sensación que esa frase le produce. ¿De verdad estaba sola?
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La que mató al gato
a las
13:10
-Me gusta estar a tu lado.
Le dijo mientras tenía apoyada la cabeza en su regazo y ella le acariciaba el pelo.
Le recordaba a un niño pequeño, pidiendo amor.
Y ella se lo dio.
Se lo dio toda la noche.
Como hacían cuando eran niños pequeños de verdad.
Le dijo mientras tenía apoyada la cabeza en su regazo y ella le acariciaba el pelo.
Le recordaba a un niño pequeño, pidiendo amor.
Y ella se lo dio.
Se lo dio toda la noche.
Como hacían cuando eran niños pequeños de verdad.
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La que mató al gato
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12:59
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