El humo se escapaba de la boca de la taza mientras ella divagaba en el sofá, con la cabeza boca abajo y el pelo rozando el suelo. En realidad no estaba pensando en nada, tenía la mente totalmente despejada, en blanco, ni siquiera sentía nada. Quizás era a eso a lo que le daba vueltas: no sabía cómo se sentía. ¿Se puede no sentir nada? Pero incluso en esa situación, ya sientes algo.
Una idea la manchó de lleno: ¿y si uno se sentía así cuando acaba de liberar a un roedor? Ella los llamaba así, le parecía gracioso (no era una chica corriente, nada normal). Para ella los roedores habitaban en su cuerpo, no sólo en su cabeza, y eran bichitos (les llamaba también) parecidos a ratones de campo, que correteaban de arriba abajo juguetones, cuando estaba feliz; comiendo, cuando sentía hambre; durmiendo, cuando tenía sueño; peleándose entre ellos, cuando estaba enfadada... Cada función o sentimiento tenía su bichito, incluso en cada uno podía haber más de un bichito por ahí deambulando.
Ella estaba pensando en un roedor del pasado; pensaba que por fin había sido capaz de liberarlo. El problema estaba en que no sabía qué hacer ahora con esa jaula que quedaba vacía. ¿Tenía que buscar otro roedor? ¿o simplemente esperar a que otro cayese en la trampa y quedase atrapado sin tener que hacer esfuerzo alguno?
No obtuvo respuesta hasta que pasado un tiempo se dio cuenta de que había dejado esas cuestiones a parte, y cuando volvió a sentarse en el sofá, con una taza de té humeante, se acordó de ello, y también de que ya tenía la solución. La simpleza de tal respuesta la llenó por completo, y descubrió, que, con el tiempo, todo vuelve a su lugar, que las cosas no desaparecen, sino que se transforman:
Su pequeño bichito no se había ido, se había convertido en un recuerdo, en la esencia de aquel momento pasado en el que había habitado durante meses.
30 de marzo de 2012
Todo el mundo a su rollo
Estoy esperando mi turno para entrar en la consulta del médico.
La madre del niño al lado del que me he sentado le dice que se siente a su lado. Creo que no le caigo bien. faltan dos turnos por pasar delante mía y ya me estoy muriendo de aburrimiento y de sueño... ¿en qué momento decidí no coger un libro? Llega una mujer nueva, una anciana, mejor dicho, y se sienta en la esquina más alejada de la sala. Hay otra pareja madre-hija, ambas absortas en las pantallas iluminada de sus móviles de última generación, una escena bastante triste. Súbitamente la anciana se levanta, se acerca a la pareja madre-hija con un andar lento y acompasado, como en trance. Se para delante de ellas. Repentina y rápidamente la anciana ataca a la madre: se abalanza sobre su cuello y le muerde, arrancándole la piel, rompiéndole tendones, músculos y venas. La hija grita, pero la anciana la silencia con un manotazo que manda su cabeza directamente contra la pared, dejándola inconsciente.
La anciana se incorpora, tiene toda la boca y el pecho manchados de sangre. Un rastrojo del cuello de la madre le cuelga del escote del camisón.
Nadie dice nada, nadie hace nada. Todo el mundo sigue a su rollo.
La anciana se incorpora, tiene toda la boca y el pecho manchados de sangre. Un rastrojo del cuello de la madre le cuelga del escote del camisón.
Nadie dice nada, nadie hace nada. Todo el mundo sigue a su rollo.
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La que mató al gato
a las
13:25
"Estás sola" le dijo en voz alta y sin ningún reparo. Y ahora que está sola y piensa en ello, le acongoja la sensación que esa frase le produce. ¿De verdad estaba sola?
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La que mató al gato
a las
13:10
-Me gusta estar a tu lado.
Le dijo mientras tenía apoyada la cabeza en su regazo y ella le acariciaba el pelo.
Le recordaba a un niño pequeño, pidiendo amor.
Y ella se lo dio.
Se lo dio toda la noche.
Como hacían cuando eran niños pequeños de verdad.
Le dijo mientras tenía apoyada la cabeza en su regazo y ella le acariciaba el pelo.
Le recordaba a un niño pequeño, pidiendo amor.
Y ella se lo dio.
Se lo dio toda la noche.
Como hacían cuando eran niños pequeños de verdad.
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La que mató al gato
a las
12:59
23 de febrero de 2012
Qué suave y fresco el roce de tus labios contra mi mejilla. Cuánto desearía tener también esa piel tersa, blanca y relente; ser tan despreocupada por todo, siempre alegre y despierta. Y sin embargo, aquí estoy yo, con mi piel grasienta, con imperfecciones, mi inseguridad y siempre con el sueño arrastrando mis pies y cerrando mi párpados. Y qué decir de tu larga y preciosa cabellera, con tanta vida como tus ojos; mientras que la mía se apelmaza y evita el movimiento.
Cómo me gustaría ser capaz de formar parte de tu rutina, que me contases tus problemas, reírnos juntas, saber de tus miedos, verte bailar un sábado por la noche...
¿Cuántas veces habré deseado ser tú? No, perdón: ¿cuántas veces habré pensado en tener la confianza que tienes tú en ti misma?
No quiero ser tú, sino ser como tú.
¿Cuántas veces habré deseado ser tú? No, perdón: ¿cuántas veces habré pensado en tener la confianza que tienes tú en ti misma?
No quiero ser tú, sino ser como tú.
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La que mató al gato
a las
18:24
11 de febrero de 2012
Bueno o malo, ya se verá.
Me acabo de dar cuenta de lo que significaba ese comentario, ese "tienes el pelo muy largo".
A veces pienso en ti, no me da vergüenza admitirlo, ni siquiera pavor; hace poco que me enfadaba por ello, por siquiera dejar que atravesases mis pensamientos. Pero me he dado cuenta de que es normal, e incluso inevitable. También me he dado cuenta de por qué me enfadaba: no sabía muy bien cómo definir lo que afloraba en mí cada vez que te recordaba. Pero ahora lo sé, y me doy cuenta de que lo mejor que puedo hacer es aceptar esto.
Llevo tiempo queriendo encontrarte de casualidad, demostrarte lo feliz que soy ahora, pero hay una diferencia en el modo en el que quiero enseñártelo: antes tenía ganas de que te murieras de envidia, que vieses que era tan feliz sin ti; quería que te doliese verme con él, de verme besarle. Atribuí ese sentimiento al orgullo, el orgullo de no querer que veas lo que sufrí en su momento, de todo el dolor que tuve que soportar desde de que me dejaste. Esto no quita que me diese cuenta de que eso estaba mal y que es la peor parte de mí que podría desarrollar. Y a pesar de ello, seguía pensando así, y me enfadaba conmigo misma aún más. Ahora quiero demostrártelo siendo la persona de la que te enamoraste: quiero hablar contigo, volver a ser amigos, que me cuentes tus problemas, poder ayudarte con ellos... Casi lo conseguimos una vez después de mi metedura de pata...
Ayer comprendí que si quería ser feliz de verdad con él debía dejar de pensar en ti como alguien a quien le tengo que demostrar lo dichosa que soy en estos momentos, en esta etapa de mi vida. Tú no tienes nada que ver con ella. Es como si se lo intentase hacer ver a un desconocido. No tiene sentido.
Me siento distinta.
Me siento bien.
Gracias.
A veces pienso en ti, no me da vergüenza admitirlo, ni siquiera pavor; hace poco que me enfadaba por ello, por siquiera dejar que atravesases mis pensamientos. Pero me he dado cuenta de que es normal, e incluso inevitable. También me he dado cuenta de por qué me enfadaba: no sabía muy bien cómo definir lo que afloraba en mí cada vez que te recordaba. Pero ahora lo sé, y me doy cuenta de que lo mejor que puedo hacer es aceptar esto.
Llevo tiempo queriendo encontrarte de casualidad, demostrarte lo feliz que soy ahora, pero hay una diferencia en el modo en el que quiero enseñártelo: antes tenía ganas de que te murieras de envidia, que vieses que era tan feliz sin ti; quería que te doliese verme con él, de verme besarle. Atribuí ese sentimiento al orgullo, el orgullo de no querer que veas lo que sufrí en su momento, de todo el dolor que tuve que soportar desde de que me dejaste. Esto no quita que me diese cuenta de que eso estaba mal y que es la peor parte de mí que podría desarrollar. Y a pesar de ello, seguía pensando así, y me enfadaba conmigo misma aún más. Ahora quiero demostrártelo siendo la persona de la que te enamoraste: quiero hablar contigo, volver a ser amigos, que me cuentes tus problemas, poder ayudarte con ellos... Casi lo conseguimos una vez después de mi metedura de pata...
Ayer comprendí que si quería ser feliz de verdad con él debía dejar de pensar en ti como alguien a quien le tengo que demostrar lo dichosa que soy en estos momentos, en esta etapa de mi vida. Tú no tienes nada que ver con ella. Es como si se lo intentase hacer ver a un desconocido. No tiene sentido.
Me siento distinta.
Me siento bien.
Gracias.
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La que mató al gato
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1:46
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